El barro pide manos firmes y tiempos de reposo para estabilizar humedad. Prensas o moldes dan planitud controlada, mientras reglas garantizan piezas que encajen sin forzar. Un milímetro de más se multiplica por decenas y desfigura diseños. La exactitud se aprende mirando grietas, midiendo retracciones y aceptando que cada suelo, por más uniforme que parezca, es un pequeño paisaje con memoria. Con paciencia, la tabla de cortar se vuelve mapa confiable y preciso, indispensable.
Los pigmentos metálicos cambian bajo el fuego. El cobalto se oscurece, el cobre vira, el manganeso sorprende. Pintar sobre esmalte crudo requiere respiración tranquila, pinceles de pelo flexible y seguridad en el trazo, porque no hay borrador posible. Las líneas se dilatan en el horno, por eso se anticipa grosor. El aprendizaje es una danza entre cálculo, gusto y memoria visual, afinada por cuadernos de muestras con fechas, proporciones y pequeñas notas útiles.
El horno es juez y aliado. La primera cocción estabiliza la pieza; la segunda fija esmaltes y colores. Variaciones mínimas de temperatura o atmósfera cambian resultados. Leñas distintas aportan calores diferentes, y una carga llena respira de otra manera. Los maestros oyen crujidos, huelen resinas y leen descoloraciones para decidir abrir. A veces una hornada falla, y de ese fracaso nacen descubrimientos que, registrados, se vuelven método. El fuego enseña humildad, constancia y observación paciente.